Andrea, Vivas y las 19 semillas

Con todo nuestro cariño para Andrea y Vivas:

más que maestras, hadas madrinas…


«PARA SER GRANDE Y TOCAR EL CIELO,

HAY QUE EMPEZAR SIENDO PEQUEÑO Y DESDE EL SUELO».


Cuenta una mágica leyenda, escrita en las nubes con tinta de brisa y pluma divina, que en el recóndito reino de Benissa habitaban dos hermosas hadas madrinas… Andrea y Vivas se hacían llamar y ambas adoraban jugar y cantar. No eran hermanas, ni tampoco primas, pero el mismo deseo las dos compartían: enseñar a los niños a crecer en la vida.

Andrea, la más jovencita, de su cara jamás borraba la sonrisa... Le encantaba la música y el baile, salir a disfrutar con sus amigos y ver reír a todos los niños. De tez morena, cabello liso y ojos castaños, ¡Andrea tenía gran encanto y desparpajo!

Vivas, también muy guapa y risueña, era responsable, tranquila y discreta. Su mirada era dulce y atenta, su piel clara y su voz serena. Tenía una niña y un niño, su pasión era estar con ellos y verlos sonreír, ¡eso es lo que más le hacía feliz!

Nuestras dos hadas madrinas, poseían en su espalda unas enormes alas de colores y purpurina de plata que no todo el mundo lograba apreciar. Únicamente los ojos más inocentes, los más puros y transparentes... Solo los niños, pues, aquellas alas mágicas eran capaces de ver.

Un soleado día de primavera, Andrea y Vivas sobrevolaban con sus enormes alas las montañas del reino de Benissa en busca de agua y fruta fresca. Justo abajo, en las laderas, algunos niños jugaban con tierra y arena. Se rebozaban en ella, corrían y saltaban, ajenos al fantástico encuentro que les esperaba…

—Mirad, ¡unas mariposas gigantes! —señaló una niña, sorprendida.

Se llamaba Lorena, tenía los ojos azules y era muy risueña. Era alta y delgada, con toda la gente hablaba y mil canciones de memoria recitaba.

—No son mariposas, ¡son hadas! —exclamó un pequeñín de dulce mirada.

Era Eric, un niño de ojos negros y abiertos, carita redonda y nariz chata. No se le escapaba nada, ¡con su vista de lince todo lo acertaba!

¡Vamos a hacerles señas! —gritó entusiasmado otro amiguito.

Este se llamaba Mateo, también era muy alto y risueño. Lucía un brillante pelo moreno y empezó a mover los brazos como loco de contento.

¡Aquíii, aquíii! —una niña chillaba sobre un árbol sentada.

Era la intrépida Martina, traviesa y divertida... No paraba un segundo de moverse, le encantaba jugar con toda la gente.

Enseguida, Andrea y Vivas, advirtieron a aquellos niños a lo lejos y, sin pensarlo dos veces, bajaron a su encuentro.

¡Hola!—les saludó Álex Ballester—quien se lo estaba pasando requetebién.

Este era un niño la mar de simpático y valiente, de piel morena y corazón fuerte. ¡Dispuesto a jugar estaba siempre!

¡Hola, pequeños! —respondió Vivas—¿Os lo estáis pasando bien?

¡Síiii! —gritó Genaro dando un salto.

Él era un niño sonriente y vivaracho, le gustaban los coches y montar a caballo. Siempre andaba correteando por todos lados.

¡Sois todos unos niños muy guapos! —les dijo Andrea.

¡Gracias! —contestó muy contento Álex Amorós —¡a mí me encanta tocar el tambor!

Este era un niño hablador y dicharachero, ¡ni un segundo estaba quieto! Pero cuando le hablaban siempre escuchaba atento.

Y vosotras, ¿cómo os llamáis? —preguntó una niña curiosa y morenita.

Se llamaba Àngela, era menuda, delgada y de pícara mirada. Llevaba una falda floreada, le encantaba bailar y reír a carcajadas.

—Yo me llamo Andrea.

¡Qué nombre más bonito! —exclamó otra pequeña.

Era Sara Sánchez, ¡una niña con carácter! Solía hacer travesuras, siempre haciendo de las suyas, a la vez que encandilaba con su dulzura.

—Y yo, Vivas.

¡Qué nombre tan chulo! —contestó Iván, quien se lo estaba pasando fenomenal.

Un niño fuerte y robusto, de pelo rubio, sonrisa traviesa y mirada tierna. Le encantaba jugar y aprender cosas nuevas.

En cuestión de segundos, todos aquellos pequeñines a las hadas rodearon, ¡estaban realmente encandilados! Andrea saludó a una niña sentada a su lado:

—Hola, guapa, ¿y tú cómo te llamas?

—Yo soy Amaia —contestó una niña de largas pestañas y celeste mirada. A mí también me gusta mucho jugar, ¡tengo una hermana con la que me lo paso genial!

¿Y tú, chiquitina? —preguntó con cariño Vivas—¡Tienes cara de ser muy lista!

Yo soy África, ¡dicen que soy graciosa y simpática!

Esta era una niña muy despierta, risueña y dicharachera, que nunca paraba quieta...

¿Cómo estás, bonita? —le preguntó a otra niña.

¡Muy bien! —contestó con su amplia sonrisa y su cara redondita. Yo me llamo Alexia y adoro las fiestas. Tengo un hermano mayor, ¡con él jugar es pura diversión!

—Hola, ¿qué tal? ¡Me llamo Marta! —se presentó una niña muy educada. Era rubia, de tez clara, y la mar de espontánea…—Yo también tengo una hermana mayor a la que quiero un montón.

—Pues yo tengo un hermano pequeñito— añadió Rosa, una niña de sonrisa encantadora, mirada almendrada y melena dorada—. Lo cuido y lo mimo todos los días y le saco muchas sonrisas.

—Ah, qué bien, veo que sois unas niñas súper cariñosas…—dijo Andrea muy atenta—. Y tú, ¿cómo te llamas, pequeña? —le preguntó a la que vio más serena.

Yo me llamo Laura, también tengo una hermana y jugar con ella me encanta —se presentó una niña de piel morena y ondulada melena que adoraba los cuentos y las pelis de princesas.

A su lado, sonreía otra niña muy tranquila y morenita. Tenía una amplia sonrisa y unos expresivos ojos negros que observaban todo con detenimiento...

—Yo soy Sara Santacreu y me encanta aprender, ¡dicen que pintar se me da muy bien!

—Y vosotros dos, ¿cómo os llamáis? —preguntaron a unos niños muy risueños y despiertos.

¡Hola, yo soy Jordi! —respondió un niño de ojos grandes, abiertos y brillantes.

Era menudo y delgadito, le gustaba jugar con todos sus amigos, y siempre iba dando brincos...

—Y yo me llamo Vicent, siempre me porto requetebién.

Este niño tranquilo y sonriente inspiraba gran ternura, ¡los hoyuelos de sus mofletes estaban llenos de dulzura!

¡Genial! Pues entonces ya os conocemos a todos —exclamaron las hadas.

Los niños, entusiasmados de haber encontrado a aquellas hadas madrinas, en el rostro lucían una enorme sonrisa. Estaban deseosos de jugar con Vivas y Andrea que, con su cariño y bondad, llenaban de magia todo al pasar.

—Veréis niños, vamos en busca agua y fruta fresca, ¿os gustaría acompañarnos en este camino?

—¡¡Síiiii!! —gritaron todos al unísono.

—Bien, pues cogeos de la mano y vamos juntos de dos en dos.

Sin embargo, a los pocos minutos de caminata, comenzó una riña...

¡Es mío!

¡No, es mío!

¡Qué no, dámelo, ¡es mío!

¿Qué os ocurre? —preguntaron las hadas, preocupadas.

Dos niños, con gesto serio y ceño fruncido, se estaban peleando por un cochecito de juguete. Enseguida las hadas, muy sabias, hicieron un alto en el camino para darles a todos dos importantes lecciones: la de hablar en vez de pelear, y la de compartir en vez de reñir. En tono dulce y comprensivo les transmitieron:

—Si aprendéis a compartir con vuestros compañeros, veréis que es más fácil y divertido cualquier juego. Pelear no sirve para nada bueno, y nos impide estar tranquilos y contentos.

En ese momento, les enseñaron una valiosa y simpática canción que les quedaría para siempre grabada en el corazón:

Ser amigos, ser amigos

es mejor, es mejor,

que andar peleando,

que andar peleando

sin razón, sin razón.

No hay motivos, no hay motivos

para pelear, para pelear.

Puños al bolsillo,

puños al bolsillo,

hay que hablar, hay que hablar.

Todos juntos, de nuevo tranquilos y como amigos, continuaron la marcha con las hadas. Pero, al rato, una de las niñas empezó a llorar por su osito...

¡Se me ha perdido mi osito de pelucheeee...!

Las hadas pronto la consolaron y propusieron a los niños ayudarle a buscarlo. De esta manera, les enseñaron la importancia de colaborar y ayudar a los demás. En pocos minutos, entre todos lo encontraron y, enseguida, de la cara de la niña, la tristeza se había borrado.

Las hadas y los pequeños volvieron a reanudar el camino y, de nuevo, otro de los niños empezó a llorar...

¡Me he hecho pupaaaa!

De nuevo, todos se detuvieron y las hadas le pusieron un ungüento mágico en la rodilla capaz de aliviar cualquier herida: un tierno beso y una caricia.

—Ahora, con mucho cuidado, vamos a ayudarle a ponerse de pie —dijeron ellas.

Entre todos, ayudaron a su amiguito a levantarse y este, enseguida, empezó a calmarse.

Y así, por aquel camino de flores y baches, de risas y lágrimas, de abrazos y riñas, los pequeños fueron aprendiendo un sinfín de lecciones, a conocer y expresar sus emociones y abrir cada vez más sus tiernos corazones. Las hadas les enseñaron simpáticas canciones, a pintar el mundo de colores, a mover sus cuerpecitos con baile y ejercicio, a convivir en paz con todos sus amigos, a comer solitos, a hacer pipí, a lavarse los dientes, a ser más fuertes y pacientes...

Cuando ya se encontraban casi al final del camino, divisaron a lo lejos un enorme y frondoso árbol repleto de manzanas rojas y jugosas. Subieron un puentecito que atravesaba un estrecho riachuelo de agua fresca y cristalina, no sin antes calmar allí su sed y lavarse las manos muy bien.

¡Ya hemos llegado! —exclamaron las hadas satisfechas.

—¡¡Bieeeeeeen!! —aplaudieron los niños muy contentos.

—Y ahora, sentaos a descansar, niños, aquí tenéis vuestro premio merecido.

Los pequeños se sentaron alrededor del gran manzano y fueron saboreando aquellas frutas que les repartieron las hadas una por una.

¡Exquisita!

¡Qué rica!

¡Está deliciosa!

¡Quiero otra!

Los niños estaban encantados con su premio y disfrutaban felices de aquel mágico momento.

¿Habéis visto, niños, qué árbol tan grande y qué manzanas tan brillantes?

¡Síiiii!

¿Queréis saber de dónde ha nacido y cómo ha crecido tan alto y bonito?

Los niños asintieron con la cabeza esperando ansiosos la respuesta.

¿Veis esas pepitas que hay en el centro de la manzana?

—Síiiii —contestaron todos.

—Pues se llaman semillas y, hace mucho mucho tiempo, este árbol fue una así de chiquitita. Se nutren del alimento de la tierra, del agua de la lluvia y el calor del sol para crecer así con energía y vigor.

Los niños no comprendían cómo de algo tan pequeño como una semilla podía crecer un árbol tan grande...

—Una vez, vosotros también fuisteis unas semillas así de chiquititas cuando estabais en la barriga de mamá, ¡y mirad qué grandes os habéis hecho ya! Vosotros, igual que ellas, necesitáis el alimento que nos da la Madre Tierra, también agua fresca y, sobre todo, sobre todo, calor... Pero no solo el del sol, sino el de vuestra familia, amigos y todo el mundo alrededor. Este es el calor que más alimenta el corazón para poder crecer sanos, fuertes y llenos de amor.

—Como veis —prosiguió la otra hada—, una vez, este árbol fue una semilla diminuta que guardaba en su interior esta valiosa información. Él sabía bien que un día se convertiría en un bello manzano, solo necesitaba por la Tierra ser cuidado y así poder entregar sus frutos como regalo.

Los niños, entonces, comprendieron que ellos también eran semillas que podían convertirse en personas grandes y fuertes como aquel árbol para regalar al mundo los frutos que en su interior estaban guardados. Con la ayuda y el cariño de sus papás, mamás y maestras crecerían cada día con amor y alegría.

Agradecidos y contentos, los niños corrieron hacia las hadas para besarlas y abrazarlas. Tan pequeños como eran, no podían expresar lo que sentían con palabras, pero sus corazones estaban llenos de infinitas alabanzas. Las hadas les habían regalado tiempo de oro, les habían enseñado a hacer casi de todo, les habían mimado y escuchado, les habían atendido y cuidado, les habían hecho disfrutar y reír, la fórmula mágica para crecer siempre feliz.

«Y cuenta esta hermosa leyenda también

que los pequeños no hacían más que crecer...

Estaban muy fuertes, felices y sanos

y, al cole de mayores, un día pasaron.

El amor de estas hadas madrinas,

sus corazones jamás olvidarían.

Andrea y Vivas habían creado

una tierra fértil con su entrega y cuidado.

Fue así que estas preciosas 19 semillas

estuvieron ya listas para florecer en la vida».

¡GRACIAS!

Isla Cuentacuentos

Mamás y papás de la clase Madre Tierra

curso 2016-2017

Escúchalo:


Creado por Horckun | Aviso legal | Política de privacidad