Cuentos

Dolores




Esta no es la historia de una enfermedad, sino la de una mujer de armas tomar…


Os presento a Dolores, hermosa mujer de corazón noble.


Su corazón solía lucir un vestido flamenco, de estampado rojo y lunares negros. Este, cual “cantaor” gitano, gritaba siempre a pecho desbocado:


— ¡Ay, cuánto dolor llevo dentro! Si tú supieras cómo me siento…


Un día, aquel estampado flamenco se extendió por todo su cuerpo:


—Yo solo ya no puedo más, a ver si tu cuerpo me puede ayudar…» —cantaba su corazón reclamándole atención, pidiendo a gritos su compasión.


Pero Dolores le tapaba la boca para no escucharlo y guardaba sus penas bajo candado.


—Dolores, Dolores, permítete llorar, o un día de estos yo voy a estallar…


—Querido corazón, déjame ya en paz, yo ahora de ti no me puedo ocupar—decía ella muy soberbia envuelta en su fría coraza de piedra.


Intensos dolores empezaron a invadir a nuestra buena mujer: por el cuello, por la espalda, las rodillas y los pies.


—No entiendo nada —se decía—. ¡Si yo no tengo ninguna herida!


—¿¿Que no tienes heridas, mi alma?? ¿¿Pues tú no has visto como me sangran??


— ¡Shhhh, silencio! Tengo que ir a visitar al médico.


Mientras tanto su corazón suspiraba:


—Cuánto desearía que me escucharas, no sabes cuánto que me faltas… Ya hace mucho tiempo que te olvidaste de mí, por eso tú y yo no paramos de sufrir…


— Dígame, señora, ¿dónde le duele? —le preguntaba el doctor a nuestra paciente.


—Uy, me duele aquí, acá y en la parte de detrás. ¡Y tengo un cansancio que no me puedo aguantar!


—Por lo que veo tiene puntos dolorosos en sus músculos y esqueleto, debe evitar hacer ningún esfuerzo.


— ¡Pues claro, Dolores, esos son tus lunares negros! Los que ahora luces en todo tu cuerpo.


—¡¡Shhhh!! —de nuevo la Dolores mandaba a su corazón callar, pensando que solo la quería molestar.


—Me temo, señora, que tiene fibromialgia, por eso se encuentra usted tan delicada.


— ¡Ay, no me diga eso, doctor! Esa palabra me parte el corazón…


—Pues a puntito estoy, Dolores, te lo repito día y noche…


—¡¡Shhh!! Mira que no te callas ni bajo del agua, ¿no has oído que tengo fibromialgia?


Síii, ahogaico me tienes, ¡te hablo y te hablo y nunca me atiendes! ¿No ves que tus penas tocaron mi fibra sensible y ahora a tu cuerpo se han hecho extensibles?


Ayyy, yo no sé que voy a hacer, no hago más que padecer…


— ¿Pero por qué sufres tanto, mi niña? Como sigas así te vas a amargar la vida…


—Si yo no tengo problema alguno, es solo que el cuerpo me duele mucho.


— ¿Y dónde te crees que vivo yo, Dolores, en lo alto un alcornoque? Yo soy la parte más importante de tu cuerpo, la que bombea la sangre pa que te llegue al cerebro. Hasta ahora solo me has alimentado de lamentos y como nos los expresas has creado este tormento.


— ¿Que exprese qué? Si yo estoy muy bien…


— ¿Que tú estás mu bien, Dolores? ¿Y qué me dices de todas tus emociones? Aquí las llevo bien guardaditas, más apiñás que en una caja de sardinas…


— ¿De qué emociones me hablas? De verdad te digo que no entiendo nada…


— ¿Tú qué quieres que te haga un mapa? Al oeste tus miedos, al este tus ansias, al sur tus penas y al norte tu rabia.


Pero Dolores negaba con la cabeza, qué iba a saber su corazón de ella…


—Mi alma, tú verás, yo aquí las tengo toditas guardás… Sufres tanto por ti, por los demás, por las cosas que pasaron o podrían pasar que el pobre de mí ha tenido que estallar. Por eso, mis lunares negros invaden ahora tu cuerpo entero, los tuviste escondidos demasiado tiempo sin prestarles atención en ningún momento. A ver si de una vez por todas me haces caso, y dejas a tu mente un poco de lado…


—Si es que no lo puedo evitar, hay tantas cosas que me da miedo expresar… En problemas y problemas no hago más que pensar, un día de estos la cabeza me va a explotar…


—Pues deja de callarte lo que piensas, no te comas ni una letra. Llevas una mochila de penas cargá a tu espalda, ¡quítatela ya, mi alma!


Dolores, afligida, la mano en el pecho se puso enseguida… Su corazón latía y latía, revelándole las claves que le ayudarían:


—Saca fuera el dolor que llevas dentro, expresa cada uno de tus sentimientos, di que sí cuando quieras decir sí y di que no cuando quieras decir no, ¡es que te complicas la vida mogollón! Trátate con mimo, relájate un poquito, cuida de ti y solo piensa en ser feliz.


En ese momento, nuestra Dolores se derrumbó y un océano de lágrimas por su cara se derramó.


—Eso es, libérate, lo estás haciendo mu bien. Venga, chiquilla, toma las riendas de tu vida, y te digo yo que tus lunares desaparecerán enseguida.


Y así, pasaron los días, los meses, y la Dolores empezó a encontrarse más fuerte. Poco a poco, los lunares de su cuerpo se fueron borrando y otorgaron descanso a su cuerpo serrano. Toda su ira, su tristeza, su ansiedad y temor salieron por la puerta de su corazón, dejándole ahora paso a la alegría, el valor, la calma y el amor.




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